miércoles, 14 de agosto de 2013

El llanto del Abandono

Un llanto exhuberante irrumpió bajo la bóveda arbórea, en medio de un atardecer inmaculado,
mancillado por la poca fe, por el atisbo inferior del valor vital
La pálida tez de un niño abandonado a su suerte, más bien a su desdicha, rasgaba la bondad de la cruél persona, cuya negligencia desatendió la necesidad de un recién nacido
La reverberación desconsolada de un alma inocente recorría palmo a palmo la taiga, lamentándose entre crujidos desembalados por las cortezas enarboladas, dónde más abajo lloraban ríos
Junto a un rubio matorral de hinojo brotaba una criatura fruto de la vida, tan pequeño como un muñeco de plástico, derrochando energía, manando brillo similar a un pequeño angelito
Alguien libre de pecado, emancipado de cualquier culpa, atado a la soledad cruel que unas manos imperdonables lo despositaron ante su indefenso destino
No existen razones, ni excusas, para explicar tan cruel acción, tan sólo la del egoísmo, un corazón de piedra, una manzana envenenada
La savia de los árboles amamantaba el hambre del pequeño, las gotas de rocío columpiadas bajo las hojas saciaban su sed,  el canto de los joviales pajarillos lograban calmarlo imitando dulces nanas, las últimas centellas de sol daban calor a su figura endeble y desprotegida, acompañados por la brizna sedosa del viento, acariciando sus mejillas como si fuesen manos.
Hay madres que no deberían obtener ese título, porque ser Madre es una carrera que se debe ganar desde el primer día hasta el último, deberían aprender de la Madre Naturaleza, que desde el principio de los tiempos se ganó ese honor, porque es capaz de nutrir, de amar, de mantener cualquier ser vivo, aprovisionándolo con todo lo que a su alrededor brota, sin importarle mantenerse a sí misma sin nada, incluso sacrificaría el verde de sus entrañas por la sequedad mortal que lapidaría su corazón, únicamente por mantener vivo cualquier resquicio mínimo con esperanza  de vida.
No es una leyenda que la naturaleza sea más sabia que los humanos, ni más bondadosa... La implacable certeza reside que los destructores del mundo poseemos manos y piernas, creemos ser la especie superior, la que tiene el mando, el control, pero nos equivocamos, no somos nada de eso, vilmente nos encontramos los últimos en la cadena, porque no sabemos valorar ni apreciar lo que nos rodea, nos pudre el egoísmo, nos inunda la ignorancia, nos posee la superioridad. Si dispusieramos únicamente de lo que posee la Madre Tierra, moriríamos antes de que cantara el gallo... Somos débiles, tanto como para despreciar a nuestro hijo, mandándolo a una muerte segura, desamparándolo en el olvido de un bosque triste


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