sábado, 14 de noviembre de 2015

Costumbres del barrio

Pasé por allí, casi sin querer, me dejé caer por la avenida de algunas costumbres, con cautela, con mi mirada sigilosa cazando la fidelidad de la puesta en escena.
Esa anciana costurera, con la ventana de par en par, aprovechando las últimas gotas de luz, haciendo posible la dificultosa faena.
Ese pobre perrito, con sus inadvertidos ojos, cubiertos por un enorme flequillo, que su dueña no entiende que es mejor recortar.
El trío de críos jugando a la pelota en la puerta del típico abuelo gruñón, aunque más bien parecían practicar lucha libre, había más contacto físico que golpeo al balón…
Luces rojas de vehículos empastando con el cielo, que se vuelca color melocotón allá por donde la vista termina por perderse.
Algo tiene de especial aquél veterano caminante con tres piernas, pues le es necesario su desgastado bastón de madera de caoba; Quizás su infinidad de historias cargan su peso…
Hay quienes tienen la irreemplazable compañía de una mascota para esquivar la soledad en su último viaje; Quienes vienen de colorear con el aroma de la rosa y el clavel, el hogar de un querido habitante lejano.
Luego están los que van con prisa, comiéndose el tiempo...Y los que no desean llegar a casa porque la sinfonía del tiempo se los come lentamente.
Se cruzan padre e hijo,corriendo juntos mientras se parten de risa. Luego el pequeño pronuncia la palabra mágica, capaz de enternecer el corazón de un padre...y de cualquiera: “Cuanto te quiero papá”. Pero se rompe el momento porque un par de zagales de barrio van pregonando cómo se van a dejar el flequillo de largo…
Y los parques abandonados a su suerte, por culpa de los videojuegos… Y cosas así a las que suelo prestar atención, en este barrio lleno de historias en milésimas de segundo.


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